Ay ¡pero me encantó!
HISTORIAS DE BUS
Ay ¡pero me encantó!
¿Qué tanto me mira ese
señor? preguntó mi compañero de viaje. Me mira y se ríe, me choca un puño
y no lo conozco. Me da rabia la gente así -dijo-.
Un freno en seco del
automotor, cae a su lado, el olor a trago se hace notar. ¡Ay no! otra vez
no, otro borracho a mi lado, me persiguen. Ya en otro viaje casi peleo con uno,
expresó con rabia.
Era un señor de no más de
40 años, una gorra vieja, con la punta raspada y sostenida con una cabuya en el
amarre. Se podía leer con mucha dificultad la marca: Pintuco. Los ojos verdes
como los gatos, pelos en la nariz y las orejas; unas pintas blancas en la cara,
como raspaduras de paredes. Llevaba puesto una camisa de cuadros negros y
blancos, con uno jeans desgastados y rotos en las rodillas. Al parecer acabó su
jornada de trabajo.
Va con la mirada pérdida,
el caminar bailador, no aguanta el equilibrio al estar medio minuto de pie. Un
pequeño atasco en la vía, guarda su billetera, se la lleva dentro de la camisa
y la toma con una mano, con la otra se sostiene de la baranda.
Mi compañero se despide de
mí y de su camarada, se aproxima su parada. Suena el timbre, abren la puerta,
se baja del bus y deja el puesto solo. Tengo un nuevo colega de viaje.
Miro a mi nuevo compañero
de reojo, en la cabeza no tiene pausa, los ojos buscan un punto donde fijarse,
pero no puede, a todo el mundo mira a ver a quién reconoce. Pretende fijar su
mirada en mí, pero lo evito. Silbo una canción, muevo la cabeza arriba y abajo,
él intenta imitar mis movimientos como un mimo, pero no le prestó atención. Me
mira como con ganas de hablar, pero me hago el dormido.
El bus está repleto, no
entraba una aguja parada y solo van 15 minutos de viaje. Tarareo una canción, él
hace un gemido como queriendo cantar. Mejor me callo, qué tal se la sepa y
estalle en melodía -Pensé-.
A él su borrachera no le evita ser galán, le cede el puesto a la más linda de
la ruta. Le sonríe, le hace ojos, está en todo momento levantado las cejas.
Saluda a todo el mundo, el pulgar arriba la señal, como mostrando su acto de
caballerosidad y oficialmente pretendiendo a una mujer.
Le muestra un tatuaje Nazi
en el antebrazo derecho, una cicatriz en el brazo izquierdo, pareciera querer
mostrarse como rudo y avispado. Ella solo se ríe, se alcanza a sonrojar, pero
no se alarma ante el coquetear del interpreto hombre, ella no lo tiene en
cuenta.
Al no ver avance alguno en
sus intereses, decide dar un paso al costado y empieza la caminata por
todo el carro, va desde el principio al fin saludando a todos. Le dio un abrazo
al conductor, un beso a una niña de brazos, va dando la mano a propios y
extraños. Va saludando a los nuevos amigos como si fueran entrañables de
infancia. Al parecer no es la primera vez que se sube en estas
condiciones.
De repente, un conocido de
verdad, bueno, al menos eso parece. El amigo, aunque va sentado con los ojos
cerrados, intentando ignorarlo, va riendo. Él le toca el hombro varias veces,
hasta que responde, le da un abrazo con cariño y un fuerte saludo de manos.
Hacen una señal de estar contentos de verse y sueltan juntos una carcajada,
terminan haciéndose señal de pistola con los dedos.
Una señora que también va
bastante tomada, saca de su bolso la cantimplora plateada, con una marca negra
en el centro: Jack Daniel's. Por el fuerte olor no es whisky la bebida que hay
dentro. Se pone de pie, se da un sorbo grande, y de repente está al lado de él.
Lo abraza por el cuello, le besa el pecho y de repente está sobre sus piernas.
¡Subale volumen a la música conductor! Ponga un regueton -decía- mientras
empinaba a su nuevo amigo del alcohol.
Las gentes del bus no
podían de la risa, nadie se quería bajar, nadie se quería perder el fin de esta
historia. Muchos perdieron la parada y se bajaban metros después de su llegada.
Él no dejaba de coquetear con mi compañera de asiento, le reía, la miraba con
deseo, le picaba el ojo.
Sonó el timbre, su parada
llegó. Tomó fuertemente a su amada, le dio un beso apasionado, como diciendo:
no me olvides. Tocó sus nalgas y senos, y se despidió con un mordisco en los
labios. Apenas abrió la puerta, la soltó estrepitosamente, se apartó con una
velocidad de amante descubierto, tiró un beso al aire, era para mi compañera de
viaje y se lanzó a los brazos de su mujer. Ella no noto nada, lo abrazó y lo
recibió con pasión.
No dijo una sola palabra -todo
el mundo murmullo-. No hablo como otros -dijo su amada-. Mi compañera de viaje
entre labios dijo: Era mudo, lo conozco, siempre está enamorado de mí.
Ay ¡pero me encantó! -dijo
su frustrada amante-. ¿Qué tal que hablara?





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