miércoles, 18 de julio de 2018

HISTORIAS DE BUS


Ay ¡pero me encantó!


HISTORIAS DE BUS

Ay ¡pero me encantó!


¿Qué tanto me mira ese señor? preguntó mi compañero de viaje. Me mira y se ríe, me choca un puño y no lo conozco. Me da rabia la gente así -dijo-. 

Un freno en seco del automotor, cae a su lado, el olor a trago se hace notar. ¡Ay no! otra vez no, otro borracho a mi lado, me persiguen. Ya en otro viaje casi peleo con uno, expresó con rabia.

Era un señor de no más de 40 años, una gorra vieja, con la punta raspada y sostenida con una cabuya en el amarre. Se podía leer con mucha dificultad la marca: Pintuco. Los ojos verdes como los gatos, pelos en la nariz y las orejas; unas pintas blancas en la cara, como raspaduras de paredes. Llevaba puesto una camisa de cuadros negros y blancos, con uno jeans desgastados y rotos en las rodillas. Al parecer acabó su jornada de trabajo.

Va con la mirada pérdida, el caminar bailador, no aguanta el equilibrio al estar medio minuto de pie. Un pequeño atasco en la vía, guarda su billetera, se la lleva dentro de la camisa y la toma con una mano, con la otra se sostiene de la baranda. 

Mi compañero se despide de mí y de su camarada, se aproxima su parada. Suena el timbre, abren la puerta, se baja del bus y deja el puesto solo. Tengo un nuevo colega de viaje. 

Miro a mi nuevo compañero de reojo, en la cabeza no tiene pausa, los ojos buscan un punto donde fijarse, pero no puede, a todo el mundo mira a ver a quién reconoce. Pretende fijar su mirada en mí, pero lo evito. Silbo una canción, muevo la cabeza arriba y abajo, él intenta imitar mis movimientos como un mimo, pero no le prestó atención. Me mira como con ganas de hablar, pero me hago el dormido. 

El bus está repleto, no entraba una aguja parada y solo van 15 minutos de viaje. Tarareo una canción, él hace un gemido como queriendo cantar. Mejor me callo, qué tal se la sepa y estalle en melodía -Pensé-. A él su borrachera no le evita ser galán, le cede el puesto a la más linda de la ruta. Le sonríe, le hace ojos, está en todo momento levantado las cejas. Saluda a todo el mundo, el pulgar arriba la señal, como mostrando su acto de caballerosidad y oficialmente pretendiendo a una mujer. 

Le muestra un tatuaje Nazi en el antebrazo derecho, una cicatriz en el brazo izquierdo, pareciera querer mostrarse como rudo y avispado. Ella solo se ríe, se alcanza a sonrojar, pero no se alarma ante el coquetear del interpreto hombre, ella no lo tiene en cuenta. 

Al no ver avance alguno en sus intereses, decide dar un paso al costado y empieza la caminata por todo el carro, va desde el principio al fin saludando a todos. Le dio un abrazo al conductor, un beso a una niña de brazos, va dando la mano a propios y extraños. Va saludando a los nuevos amigos como si fueran entrañables de infancia. Al parecer no es la primera vez que se sube en estas condiciones.  

De repente, un conocido de verdad, bueno, al menos eso parece. El amigo, aunque va sentado con los ojos cerrados, intentando ignorarlo, va riendo. Él le toca el hombro varias veces, hasta que responde, le da un abrazo con cariño y un fuerte saludo de manos. Hacen una señal de estar contentos de verse y sueltan juntos una carcajada, terminan haciéndose señal de pistola con los dedos.

Una señora que también va bastante tomada, saca de su bolso la cantimplora plateada, con una marca negra en el centro: Jack Daniel's. Por el fuerte olor no es whisky la bebida que hay dentro. Se pone de pie, se da un sorbo grande, y de repente está al lado de él. Lo abraza por el cuello, le besa el pecho y de repente está sobre sus piernas. ¡Subale volumen a la música conductor! Ponga un regueton -decía- mientras empinaba a su nuevo amigo del alcohol.

Las gentes del bus no podían de la risa, nadie se quería bajar, nadie se quería perder el fin de esta historia. Muchos perdieron la parada y se bajaban metros después de su llegada. Él no dejaba de coquetear con mi compañera de asiento, le reía, la miraba con deseo, le picaba el ojo.

Sonó el timbre, su parada llegó. Tomó fuertemente a su amada, le dio un beso apasionado, como diciendo: no me olvides. Tocó sus nalgas y senos, y se despidió con un mordisco en los labios. Apenas abrió la puerta, la soltó estrepitosamente, se apartó con una velocidad de amante descubierto, tiró un beso al aire, era para mi compañera de viaje y se lanzó a los brazos de su mujer. Ella no noto nada, lo abrazó y lo recibió con pasión.

No dijo una sola palabra -todo el mundo murmullo-. No hablo como otros -dijo su amada-. Mi compañera de viaje entre labios dijo: Era mudo, lo conozco, siempre está enamorado de mí. 

Ay ¡pero me encantó! -dijo su frustrada amante-. ¿Qué tal que hablara?  


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