lunes, 23 de julio de 2018

EL PRECIO DE UNA SONRISA



"Solo te costó una moneda, ese fue el precio de tu sonrisa".

¡No fue más que un mal día! -fue la expresión de Iván al terminar su jornada laboral-. Otro día más desde que llegué a esta ciudad, nada que no se pueda solucionar ¡este día también pasará! Me voy a mi casa -pensó- Tomó su bolso, una botella de agua, no se despidió de nadie y salió.

La causa de su mal día fue su jefe. Le robó todo su trabajo, todas las palabras de apreció, se las ganó él frente a la directora de la empresa. No era la primera vez que Iván hacia todo el trabajo sin una palabra de agradecimiento de su coordinador. Ya estaba harto de que no le reconocieran nada.

Durante la reunión la frase que más le molestó fue la de la directora: ¡Ivan, su trabajó no se ve! ¿pero si todo lo hago yo? todo lo que mi coordinador ha presentado, resultados, gráficos, explicaciones, etc., todo lo he hecho yo, él no modifica ni una "coma" de los informes que yo presento -se gritó para sus adentros-.

No aguantaba más, estaba harto. Su jefe era una persona juguetona, a la que le gusta la hablar bastante y pasar días enteros pegado del celular. No le gusta que le digan la verdad en la cara y mucho menos que le hablen fuerte. Iván lo caracterizó como: un Millennials de 40 años. Solo le falta eso, querer hacer parte de una generación a la que no pertenece -murmullo Iván con rabia-.

El jefe de Iván aunque no es tan viejo, aun se cree en sus años de juventud, ya se le fueron, la calvicie así lo deja ver; la música que escucha no pertenece a esta época, su vestuario esta algo pasado de moda. Ya no hace parte de esta generación, pero, se cree de 25, cree estar en el inicio de sus juveniles años. No creció, no maduró, es de los que cuando se debe hablar, dialoga bastante, pero cuando se debe trabajar, juega bastante.

En medio de su rabia, Iván llegó a la parada del transporte justo a tiempo para ver pasar de manera consecutiva 4 buses que lo podían llevar a su casa, y que como nunca van con espacios libres. No es momento de ir a casa, allá no se llevan momentos amargos, ¡lo que se hace en la calle, en la calle se queda! –se dijo voz alta- pero el ruido los carros no le permitía siquiera escuchar su voz.

De sus años en el campo, él había aprendido un remedio infalible para estos días: caminar. Cuando sus padres en la finca lo castigaban por sus travesuras se iba a caminar solo, o simplemente se montaba en el lomo de un caballo. Se iba al fin de la llanura sin mirar atrás, observaba el espectáculo de la naturaleza una y otra vez hasta cuando bien caída la noche y regresaba sin tristezas y mucho menos amarguras, una sonrisa siempre daba antes de dormir.

Eran 5 años en esta ciudad, en la que no habían ni árboles, ni animales, ni mucho menos aguas cristalinas donde refrescarse, era un lugar frio y lleno de cemento, era muy diferente el paisaje que lo rodeaba, pero el remedio era el mismo: caminar, caminar sin mirar atrás, es lo único que para él podía cambiar los días de rabias y amarguras. Solo caminar sin saber a donde, al fin y al cabo este día debía pasar.

En esta selva de cemento había un lugar por donde podía transitar y sentir un poco de calma, un lugar que se dejaba caminar con tranquilidad: el centro histórico. Era ahí dentro de la multiculturalidad y lo cosmopolita de esa parte de la selva donde vive su solución.  

En las calles del centro viven todo tipo de personas, hay buenos y malos, feos y bonitos; son esas calles una de las pocas cosas que nos hacen iguales, y es precisamente ahí donde viven una de las más grandes expresiones culturales que podía cambiar un día gris a uno de alegrías. Ahí, en el centro, se encuentran las rabias de la ciudad y ahí mismo son resueltas. Esas calles no solo están rodeadas de historia, sino de innovación, creación y arte.

La multiculturalidad del centro de la ciudad, era para Iván el símil de las llanuras de su tierra, ahí encontraba malabaristas que parecían micos, bailadores que parecían pájaros, músicos que parecían un sonoro despertar en el campo y cantantes que parecían gallos, pero de lo mal que sonaban. Era un momento de relax, un lugar anti estrés, que cambiaba un día entero.

Por esta razón eran sus calles favoritas, todos los días, antes, durante y después del trabajo, había un espectáculo nuevo. Desde la mañana, hasta bien entrada la noche todo tipo de distracciones, todas diferentes, todas variadas y todos los veía asombrado, siempre tenía de cada uno la mejor sonrisa. Ya conocía al vendedor de medias, al de cuadros, ya tenía obras de casi todos, caricaturistas, fotos, vídeos, pero nada especial que contar de ellos.

En esa parte de la ciudad habitan todo tipo de artistas, sobre todo cantantes. Los hay buenos intérpretes y otros definitivamente muy malos; otros bastante divertidos y otros bien aburridos. Todos tienen su público propio, todas las personas asisten a ver al artista de su preferencia.

Están imitadores de Michael Jackson, Willy Colón, Rubén Blades, incluso un Juan Gabriel. El Divo de Juárez debe estar revolcándose en su tumba con el imitador que se hace en estas calles. Su forma de cantar es mala, su baile no se parece en nada y su personificación es demasiada homosexual. Pero, tiene algo por lo cual la gente lo quiere, hace reír a todo el que lo ve. 

A lo lejos una multitud de gentes rodea a una persona con un micrófono, el show ya empezó. Al momento de Iván pasar escucha la introducción de la canción, le gusta, algo le dice que pare. El artista iba a interpretar: Pero Qué Necesidad, una canción que aunque habla de la posibilidad de perder a un amor, él la apoderó a su momento de estrés y se preguntó ¿para qué tanto problema? ¿no hay como querer andar feliz, cantar, bailar, reír, soñar, sentir, volar y vivir sin penas? Pareció que el mismo destino le dedicara esta canción. No hizo ni el más mínimo intento por rechazarla, y se convirtió en un espectador más.

La apariencia del interprete no era la mas adecuada, solo tenía un lejos parecido al Divo de Juárez en el cabello, de resto, un personaje no muy agraciado. Su figura era acompañada con unos ojos pequeños y una nariz ñata; debía medir unos 180 centímetros de altura que acompañaba a una barriga que apretaba los botones de la camisa, parecía que se le iba a reventar. Su color de piel caribeño, pero, con una voz que no es muy costeña. Sus atuendos muy brillantes, una camisa de mangas largas, amarilla como el sol, acompañado de un pantalón negro, que brillaba a lo lejos; unos zapatos que hacían una bulla a bailar y caminar.

Era este Divo un personaje de principio a fin, cada canción es una risa y algarabía por parte del público, que le pide una y otra canción, no tiene descanso. Hace el papel muy homosexual. Se insinúa a los hombres de una manera muy provocativa. Si el observador es bien parecido y están solo, es lo mejor para él, pero si están con alguien se lo roban de sus brazos. Arrebata a los hombres de sus novias de una forma muy caricaturesca, pero sin tocar ni besar físicamente. Los lleva con un sutil baile hasta el centro del círculo y les hace movimientos sensuales, que causan la burla de todos. Son cientos de cámaras encendidas filmando y tomando fotos de ese momento. 

Iván, aunque estaba observando el espectáculo, lo hacía desde la distancia, se podía ver su figura a lo lejos. El Divo lo vio, le hizo ojitos y le tiró un beso: ¡qué hombre tan lindo! -fue su primera expresión-. Todas las miradas del público se voltearon a él. ¿Qué hago? ¡trágame tierra! - pensó-. El nerviosismo se apoderó de su cuerpo, temblaba y sudaba frío, hasta que al final de 10 segundos, una sonrisa salió. El Divo lo hizo parte del show. 

El Divo no paró de hacer juego con Iván, hasta que preguntó al público: ¿quienes quieren que vaya hasta allá y lo bese? las gentes gritaban con algarabía y emoción. Yo quiero, bésalo –gritaban- las burlas iban y venían.

El artista aprovechand esa efervescencia, lanzó una frase que al público no importó: Las personas que quieran que lo bese, voy a cobrar por mi trabajo. Soltó varias explicaciones: con esto me gano mi sustento, puedo vivir dignamente, puedo comer, y un sinnúmero de explicaciones, pero que a las personas no le importaron. Cayeron a su sombrero billetes y monedas de todas las denominaciones.

Iván ya había alcanzado su prometido, la carcajada que soltó le valió para dejar tirada la amargura con que caminaba, el estrés salió de él. Irse en ese momento era una opción, pero, contribuyó económicamente con el artista. Se movió de donde estaba y entregó una moneda. El Divo ni corto ni perezoso vio ahí otro momento para agrandar el espectáculo, le recibió la contribución con una sutil toma de mano, que arrancó las carcajadas de todo el mundo -ven quédate aquí a mi lado, ¡papasote!- le gritó. Iván no aguantó la risa, regresó a su puesto esperando no ser uno de los personajes principales de show. Si no te vas es porque me deseas -agregó el artista-.

El espectáculo continuó, las gentes querían lo que pagaron, gritaban con algarabía: ¡beso, beso, beso! todos lo querían, todos estaban a la expectativa. El Divo salió de la ronda y lo buscó, le lanzó una mira de pies a cabeza. ¡Me encantas papasote, contigo me gasto todo lo que me gané! -decía-. Era el momento de mayor efervescencia de la noche. Las cámaras, los flashes, las risas y las carcajadas, salían de todas partes.

Iván estaba tranquilo, no se molestó, le dolía la barriga de tanto reír, la cara estirada con una gran sonrisa, nada puede pasar, es un solo show. El Divo no lo intentó besar, solo lo miraba, nunca lo tocó sensualmente, solo le dio un abrazo fuerte y a su oído le dijo: "gracias por el momento, vi en tu cara una tristeza, espero haberte compuesto el día", solo te costó mil pesos, ese fue el precio de tu sonrisa. Un saludo de mano, y una fuerte y sonada carcajada salió de ambos.

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