"Solo te costó una moneda, ese fue el precio
de tu sonrisa".
¡No fue más que un mal día! -fue la
expresión de Iván al terminar su jornada laboral-. Otro día más desde que
llegué a esta ciudad, nada que no se pueda solucionar ¡este día también
pasará! Me voy a mi casa -pensó- Tomó su bolso, una botella de agua, no se
despidió de nadie y salió.
La causa de su mal día fue su jefe.
Le robó todo su trabajo, todas las palabras de apreció, se las ganó él frente a
la directora de la empresa. No era la primera vez que Iván hacia todo el
trabajo sin una palabra de agradecimiento de su coordinador. Ya estaba harto de
que no le reconocieran nada.
Durante la reunión la frase que más
le molestó fue la de la directora: ¡Ivan, su trabajó no se ve! ¿pero
si todo lo hago yo? todo lo que mi coordinador ha presentado, resultados,
gráficos, explicaciones, etc., todo lo he hecho yo, él no modifica ni una
"coma" de los informes que yo presento -se gritó para sus adentros-.
No aguantaba más, estaba harto. Su
jefe era una persona juguetona, a la que le gusta la hablar bastante y pasar
días enteros pegado del celular. No le gusta que le digan la verdad en la cara
y mucho menos que le hablen fuerte. Iván lo caracterizó como: un Millennials de
40 años. Solo le falta eso, querer hacer parte de una generación a la que no
pertenece -murmullo Iván con rabia-.
El jefe de Iván aunque no es tan
viejo, aun se cree en sus años de juventud, ya se le fueron, la calvicie así lo
deja ver; la música que escucha no pertenece a esta época, su vestuario esta
algo pasado de moda. Ya no hace parte de esta generación, pero, se cree de 25,
cree estar en el inicio de sus juveniles años. No creció, no maduró, es de los
que cuando se debe hablar, dialoga bastante, pero cuando se debe trabajar,
juega bastante.
En medio de su rabia, Iván llegó a la
parada del transporte justo a tiempo para ver pasar de manera consecutiva 4
buses que lo podían llevar a su casa, y que como nunca van con espacios libres.
No es momento de ir a casa, allá no se llevan momentos amargos, ¡lo que se hace
en la calle, en la calle se queda! –se dijo voz alta- pero el ruido los carros
no le permitía siquiera escuchar su voz.
De sus años en el campo, él había
aprendido un remedio infalible para estos días: caminar. Cuando sus padres en la
finca lo castigaban por sus travesuras se iba a caminar solo, o simplemente se
montaba en el lomo de un caballo. Se iba al fin de la llanura sin mirar atrás,
observaba el espectáculo de la naturaleza una y otra vez hasta cuando bien
caída la noche y regresaba sin tristezas y mucho menos amarguras, una sonrisa
siempre daba antes de dormir.
Eran 5 años en esta ciudad, en la que
no habían ni árboles, ni animales, ni mucho menos aguas cristalinas donde
refrescarse, era un lugar frio y lleno de cemento, era muy diferente el paisaje
que lo rodeaba, pero el remedio era el mismo: caminar, caminar sin mirar atrás,
es lo único que para él podía cambiar los días de rabias y amarguras. Solo
caminar sin saber a donde, al fin y al cabo este día debía pasar.
En esta selva de cemento había un
lugar por donde podía transitar y sentir un poco de calma, un lugar que se
dejaba caminar con tranquilidad: el centro histórico. Era ahí dentro de la
multiculturalidad y lo cosmopolita de esa parte de la selva donde vive su
solución.
En las calles del centro viven todo
tipo de personas, hay buenos y malos, feos y bonitos; son esas calles una de
las pocas cosas que nos hacen iguales, y es precisamente ahí donde viven una de
las más grandes expresiones culturales que podía cambiar un día gris a uno de
alegrías. Ahí, en el centro, se encuentran las rabias de la ciudad y ahí mismo
son resueltas. Esas calles no solo están rodeadas de historia, sino de
innovación, creación y arte.
La multiculturalidad del centro de la
ciudad, era para Iván el símil de las llanuras de su tierra, ahí encontraba
malabaristas que parecían micos, bailadores que parecían pájaros, músicos que
parecían un sonoro despertar en el campo y cantantes que parecían gallos, pero
de lo mal que sonaban. Era un momento de relax, un lugar anti estrés, que
cambiaba un día entero.
Por esta razón eran sus calles
favoritas, todos los días, antes, durante y después del trabajo, había un
espectáculo nuevo. Desde la mañana, hasta bien entrada la noche todo tipo de
distracciones, todas diferentes, todas variadas y todos los veía asombrado,
siempre tenía de cada uno la mejor sonrisa. Ya conocía al vendedor de medias, al
de cuadros, ya tenía obras de casi todos, caricaturistas, fotos, vídeos, pero
nada especial que contar de ellos.
En esa parte de la ciudad habitan
todo tipo de artistas, sobre todo cantantes. Los hay buenos intérpretes y otros
definitivamente muy malos; otros bastante divertidos y otros bien aburridos.
Todos tienen su público propio, todas las personas asisten a ver al artista de
su preferencia.
Están imitadores de Michael Jackson,
Willy Colón, Rubén Blades, incluso un Juan Gabriel. El Divo de Juárez debe
estar revolcándose en su tumba con el imitador que se hace en estas calles. Su
forma de cantar es mala, su baile no se parece en nada y su personificación es
demasiada homosexual. Pero, tiene algo por lo cual la gente lo quiere, hace
reír a todo el que lo ve.
A lo lejos una multitud de gentes
rodea a una persona con un micrófono, el show ya empezó. Al momento de Iván
pasar escucha la introducción de la canción, le gusta, algo le dice que pare.
El artista iba a interpretar: Pero Qué Necesidad, una canción que aunque
habla de la posibilidad de perder a un amor, él la apoderó a su momento de
estrés y se preguntó ¿para qué tanto problema? ¿no hay como querer
andar feliz, cantar, bailar, reír, soñar, sentir, volar y vivir sin penas?
Pareció que el mismo destino le dedicara esta canción. No hizo ni el más mínimo
intento por rechazarla, y se convirtió en un espectador más.
La apariencia del interprete no era la mas adecuada, solo tenía un lejos
parecido al Divo de Juárez en el cabello, de resto, un personaje no muy
agraciado. Su figura era acompañada con unos ojos pequeños y una nariz ñata;
debía medir unos 180 centímetros de altura que acompañaba a una barriga que
apretaba los botones de la camisa, parecía que se le iba a reventar. Su color
de piel caribeño, pero, con una voz que no es muy costeña. Sus
atuendos muy brillantes, una camisa de mangas largas, amarilla como el sol,
acompañado de un pantalón negro, que brillaba a lo lejos; unos zapatos que
hacían una bulla a bailar y caminar.
Era este Divo un personaje de
principio a fin, cada canción es una risa y algarabía por parte del público,
que le pide una y otra canción, no tiene descanso. Hace el papel muy
homosexual. Se insinúa a los hombres de una manera muy provocativa. Si el
observador es bien parecido y están solo, es lo mejor para él, pero si están
con alguien se lo roban de sus brazos. Arrebata a los hombres de sus novias de
una forma muy caricaturesca, pero sin tocar ni besar físicamente. Los lleva con
un sutil baile hasta el centro del círculo y les hace movimientos sensuales,
que causan la burla de todos. Son cientos de cámaras encendidas filmando y
tomando fotos de ese momento.
Iván, aunque estaba observando el
espectáculo, lo hacía desde la distancia, se podía ver su figura a lo lejos. El
Divo lo vio, le hizo ojitos y le tiró un beso: ¡qué hombre tan lindo! -fue su
primera expresión-. Todas las miradas del público se voltearon a él. ¿Qué hago?
¡trágame tierra! - pensó-. El nerviosismo se apoderó de su cuerpo, temblaba y
sudaba frío, hasta que al final de 10 segundos, una sonrisa salió. El Divo lo
hizo parte del show.
El Divo no paró de hacer juego con Iván,
hasta que preguntó al público: ¿quienes quieren que vaya hasta allá y lo bese?
las gentes gritaban con algarabía y emoción. Yo quiero, bésalo –gritaban- las
burlas iban y venían.
El artista aprovechand esa
efervescencia, lanzó una frase que al público no importó: Las personas que
quieran que lo bese, voy a cobrar por mi trabajo. Soltó varias explicaciones:
con esto me gano mi sustento, puedo vivir dignamente, puedo comer, y un
sinnúmero de explicaciones, pero que a las personas no le importaron. Cayeron a
su sombrero billetes y monedas de todas las denominaciones.
Iván ya había alcanzado su prometido,
la carcajada que soltó le valió para dejar tirada la amargura con que caminaba,
el estrés salió de él. Irse en ese momento era una opción, pero, contribuyó
económicamente con el artista. Se movió de donde estaba y entregó una moneda.
El Divo ni corto ni perezoso vio ahí otro momento para agrandar el espectáculo,
le recibió la contribución con una sutil toma de mano, que arrancó las
carcajadas de todo el mundo -ven quédate aquí a mi lado, ¡papasote!- le gritó. Iván
no aguantó la risa, regresó a su puesto esperando no ser uno de los personajes
principales de show. Si no te vas es porque me deseas -agregó el artista-.
El espectáculo continuó, las gentes
querían lo que pagaron, gritaban con algarabía: ¡beso, beso, beso! todos lo
querían, todos estaban a la expectativa. El Divo salió de la ronda y lo buscó,
le lanzó una mira de pies a cabeza. ¡Me encantas papasote, contigo me gasto
todo lo que me gané! -decía-. Era el momento de mayor efervescencia de la
noche. Las cámaras, los flashes, las risas y las carcajadas, salían de todas
partes.
Iván estaba tranquilo, no se molestó,
le dolía la barriga de tanto reír, la cara estirada con una gran sonrisa, nada
puede pasar, es un solo show. El Divo no lo intentó besar, solo lo miraba,
nunca lo tocó sensualmente, solo le dio un abrazo fuerte y a su oído le dijo:
"gracias por el momento, vi en tu cara una tristeza, espero haberte
compuesto el día", solo te costó mil pesos, ese fue el precio de tu
sonrisa. Un saludo de mano, y una fuerte y sonada carcajada salió de ambos.
La apariencia del interprete no era la mas adecuada, solo tenía un lejos parecido al Divo de Juárez en el cabello, de resto, un personaje no muy agraciado. Su figura era acompañada con unos ojos pequeños y una nariz ñata; debía medir unos 180 centímetros de altura que acompañaba a una barriga que apretaba los botones de la camisa, parecía que se le iba a reventar. Su color de piel caribeño, pero, con una voz que no es muy costeña. Sus atuendos muy brillantes, una camisa de mangas largas, amarilla como el sol, acompañado de un pantalón negro, que brillaba a lo lejos; unos zapatos que hacían una bulla a bailar y caminar.





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