"Después de aprender a escribir y aprender a leer, dejar de hacerlo es un acto de sumisión, un acto de estupidez, es morirse en vida, es quizás, lo mas parecido a dejar de vivir. Negarle a la mente y el corazón la posibilidad de relatar lo que sienten es similar a perder un amor que se quiso tanto y con el pasar de los años duele con mas fuerzas. Escribir sobre esto sin que se me ponga el brillo en los ojos, es bastante difícil. Para algunos será solo un simple relato, para muchos es la puerta abierta a al mundo de los mas lindos recuerdos de la niñez. El motivo, encontrar una Pirinola, de las cosas que nunca pensé encontrar en una oficina fría como la mía". Nota del autor.
En otros tiempos, cuando no existían todos los aparatos tecnológicos que trajo consigo el siglo XXI, en mi pueblo, como en casi todos los pueblos de la costa caribe colombiana, cada mes llegaba cargado con el juego de moda. Todos los niños sin distinción de sexo, esperábamos expectantes al primero del barrio bailar un trompo; a que se formara la primera olla para jugar boliche o que apareciera la primera cometa en el cielo.
De diferentes barrios llegan a hacer apuestas. Como en grandes casinos, los hermanos mayores se enfrentaban como en una lucha romana, hombre a hombre y un coliseo que gritaba a ver quien se llevaba el botín. La recompensa final era el honor de una victoria que hacía respetar la localía o una revancha que, se daba de inmediato, pues, todos del barrio apostábamos lo que teníamos con tal de no ser humillados en casa.
Mis hermanos y vecinos eran unos duros. De mi casa recuerdo a mi hermano Fello, ese jugaba de todo, era quien sacaba pecho por el apellido en juegos callejeros, habían días que perdía, pero otros en que venía con todo el premio. Lo recuerdo jugando boliche, con la camisa sucia y la parte que da con la cintura en la boca llena de boliches y apostando. No recuerdo nunca verlo perder en tropos y hacia unas cometas “zumbadoras” que todos los diciembre amanecían brillando en el cielo de mi pueblo
Yo, pues, no es que fuera tan malo como José Luis Solano, el hijo de la seño Lilia, al pobre siempre le ganaban los trompos, perdía los boliches y se iba para su casa siempre llorando; tampoco jugaba tan bien como Marcos “el kingui”, ese jugaba de todo, sobre todo fútbol, le daba al boliche “barranquillero” puro talento de barrio. Yo era el término medio, eran mas las veces que perdía, pero tenía mis “vaquitas” a quien ganarles.
Lo mío, era la Pirinola, en ese juego si que era el rey, aunque no recuerdo en francalid haber derrotado a alguien, si era muy bueno. Tenía de todos los colores, pero me gustaba una amarillita, desgastada en la punta y la coca. El dedo pulgar se me pintaba de ese color y la uña siempre estaba desgastada.
En el colegio, apenas llegaba los tiempos de la Pirinola, que coincidan con las primeras lluvias del año y se cruzaban con el trompo, se escuchaba solo taca, taca, taca, taca, la “pelaera” dándole uña a la Pirinola. La victoria era sencilla: el que haga más. Cada quien tenía la suya, esa coquita entraba en la punta como un imanada. Apenas entraba, volvía a parar mínimo después de 20, había quienes hacían 30, 40 de un solo tirón, era una expectación total esperar a que fallara una para empezar el rival.
En el colegio, apenas llegaba los tiempos de la Pirinola, que coincidan con las primeras lluvias del año y se cruzaban con el trompo, se escuchaba solo taca, taca, taca, taca, la “pelaera” dándole uña a la Pirinola. La victoria era sencilla: el que haga más. Cada quien tenía la suya, esa coquita entraba en la punta como un imanada. Apenas entraba, volvía a parar mínimo después de 20, había quienes hacían 30, 40 de un solo tirón, era una expectación total esperar a que fallara una para empezar el rival.
Era un juego de moda, era fuego en la mente de todos los que fuimos niños hasta el año 2000, quizás la última generación en disfrutar estas historias. Los profesores llamaban al salón y hasta que no quitaran la primera, nadie entraba. Esa Pirinola era perdida, una vez entraba al escritorio del profesor, la volvía a ver pero en las manos del hijo del “profe” o de la “seño”, cuando coincidían en una de las visitas al barrio ajeno (¿Cuántas peleas infantiles se causaron por esto?) el que perdía su Pirinola, por lo general tenía una gran destreza, por eso al salir al recreo o al fin de la jornada escolar, no dejaba la oportunidad de jugar, apostaba la que no tenía, pero se ganaba las que no eran de él.
Cuan simple era la vida, las historias las conservan las mentes alegres, el corazón noble y humilde. Caminar jugando con una Pirinola en una ciudad grande, gris, llenas de buses y bulla, me alegró el día. Creo haber sido la envida de esas gentes con sus caras amargadas, pues no se alcanzaron a imaginar la felicidad que sentía (aunque no hice muchas) pero si volví a vivir los mejores recuerdos.





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