y lo puedo decir con seguridad, no se ve igual la vida desde un BMW que un R4.
Desde que era un pelaito,
que me la pasaba en el barrio jugando con la tierra, montado en los arboles, disfrutando
del agua cristalina del rio y de la brisa fresca de la sierra, nunca me
acostumbre a nada. Todo lo visible desapareció, muchas personas han
muerto físicamente, casas derrumbadas y hasta el palo de mango del Chipuco se secó, solo
quedan los recuerdos. Porque todo es pasajero nunca me he acostumbrado a nada,
lo que hay, lo disfruto, y lo que se va, se llora, hace falta, pero como todo, también
pasará. Y eso es la vida, “un baile que con
el tiempo damos la vuelta[1]”.
Desde el tengo razón he
buscado siempre la forma de ser feliz, de disfrutar lo que hago y donde he
estado. He comido en platos finos de vidrio, he probado también los más
especiales alimentos y manjares, pero no los he disfrutado tanto como una buena
comida al lado de mis amigos, comiendo literalmente con la mano, pues no hay ni
platos donde servir, ni mucho menos cubiertos para seleccionar una presa.
He pasado por casas y recepciones
de gentes importantes, de esos lugares donde no se ven personas feas, y en todos siempre
me he gozado las fiestas; he disfrutado el momento, a todos esos lugares y las
personas dentro de esas mansiones. Creo que en todas he orinado y he visto y
respirado situaciones peores que cualquier cantina de pueblo pobre.
Hoteles cinco estrellas he
conocido, camas bien arregladas, mirando la ciudad y sus artificiales luces,
con un frio tremendo y en ocasiones solo, con un trago de whiskey a la mano, pero no
es nada comparado con dormir en las playas del Tayrona, en la tierra, bajo la
luz de una luna llena y el cielo lleno de estrellas, amenizando el momento con
tragos y comidas que en esos hoteles jamás se beberían o comerían.
Porque conozco la opulencia
de la riqueza y las dificultades de la pobreza, puedo decirte, todo es
pasajero, todo tiene que pasar y todo se debe disfrutar, eso sí, tratando de ser
como las olas del mar, nunca quedarse con nada, pero más importante aún, ser
como las estrellas: tratar de brillar sin robarle la luz a nadie. Y esto último
es fundamental, no se le debe dañar el caminado a otro, solo él o ella saben el
esfuerzo que han hecho para llegar hasta donde están, darle una sonrisa y un
abrazo puede ser lo ideal, eso, quizá, vale más que mil palabras.
Esta no es una adoración a
la pobreza, es la pura realidad de la vida que he vivido, porque como diría el
filosofo Diomedes: “Es mejor ser rico que
pobre”, y lo puedo decir con seguridad, no se ve igual la vida desde un BMW
que un R4.





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