jueves, 4 de abril de 2019

LA VIDA ES UN BAILE.


y lo puedo decir con seguridad, no se ve igual la vida desde un BMW que un R4.
Desde que era un pelaito, que me la pasaba en el barrio jugando con la tierra, montado en los arboles, disfrutando del agua cristalina del rio y de la brisa fresca de la sierra, nunca me acostumbre a nada. Todo lo visible desapareció, muchas personas han muerto físicamente, casas derrumbadas y hasta el palo de mango del Chipuco se secó, solo quedan los recuerdos. Porque todo es pasajero nunca me he acostumbrado a nada, lo que hay, lo disfruto, y lo que se va, se llora, hace falta, pero como todo, también pasará. Y eso es la vida, “un baile que con el tiempo damos la vuelta[1]”.     

Desde el tengo razón he buscado siempre la forma de ser feliz, de disfrutar lo que hago y donde he estado. He comido en platos finos de vidrio, he probado también los más especiales alimentos y manjares, pero no los he disfrutado tanto como una buena comida al lado de mis amigos, comiendo literalmente con la mano, pues no hay ni platos donde servir, ni mucho menos cubiertos para seleccionar una presa.

He pasado por casas y recepciones de gentes importantes, de esos lugares donde no se ven personas feas, y en todos siempre me he gozado las fiestas; he disfrutado el momento, a todos esos lugares y las personas dentro de esas mansiones. Creo que en todas he orinado y he visto y respirado situaciones peores que cualquier cantina de pueblo pobre.

Hoteles cinco estrellas he conocido, camas bien arregladas, mirando la ciudad y sus artificiales luces, con un frio tremendo y en ocasiones solo, con un trago de whiskey a la mano, pero no es nada comparado con dormir en las playas del Tayrona, en la tierra, bajo la luz de una luna llena y el cielo lleno de estrellas, amenizando el momento con tragos y comidas que en esos hoteles jamás se beberían o comerían.

Porque conozco la opulencia de la riqueza y las dificultades de la pobreza, puedo decirte, todo es pasajero, todo tiene que pasar y todo se debe disfrutar, eso sí, tratando de ser como las olas del mar, nunca quedarse con nada, pero más importante aún, ser como las estrellas: tratar de brillar sin robarle la luz a nadie. Y esto último es fundamental, no se le debe dañar el caminado a otro, solo él o ella saben el esfuerzo que han hecho para llegar hasta donde están, darle una sonrisa y un abrazo puede ser lo ideal, eso, quizá, vale más que mil palabras.

Esta no es una adoración a la pobreza, es la pura realidad de la vida que he vivido, porque como diría el filosofo Diomedes: “Es mejor ser rico que pobre”, y lo puedo decir con seguridad, no se ve igual la vida desde un BMW que un R4.            


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[1] Diomedes Días y Colacho Mendoza; canción: Mi Muchacho; año 1984; Álbum: El Mundo. 

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