miércoles, 5 de diciembre de 2018

EL GRAN PARTIDO


Solamente quien lo vive, puede describir la felicidad de correr detrás de un balón de fútbol.

A Luis nunca le importaron las caídas, siempre se levantaba, mucho menos le importaba caerse cuando eran pateando un balón. Jugado a pie limpio, corriendo sobre cascajos o en las canchas grama. Levantar el pasto después de patear no era nada nuevo, fueron más de tres las veces que siendo un niño se partió la uña del dedo gordo del pie derecho, siempre sentía un dolor fuerte y la escandalosa sangre aparecía, pero no era nada tan grave que un poco tierra y pasto no pudiera curar. Eran los tiempos que solo importaba correr -el balón es mi amigo- decía, simulando a Oliver Atom, el más importante jugador de la serie japonesa, Supecampeones.

La vida era simple, todos los días de vacaciones escolares estaba siempre en pie a las 5:00 a.m. Desde el día anterior ya tenía el uniforme en una esquina de la cama, los guayos embolados, listo para ir a entrenar al estadio municipal. Siempre estaba dispuesto para ir a los entrenamientos, cumplía desde temprano con todas las indicaciones del profe. El desayuno a primera hora, una fruta para cuidar muy bien la dieta, siempre teniendo la preparación adecuada, durmiendo bien y estando a la hora justa en la fila de entrenamiento.  

Luis, un muchacho alegre y extrovertido, todos los días aparecía con una sonrisa en su cara que irradiaba en otros felicidad; 9 años, uno menos que su hermano. Ágil y fuerte, podía brincar tan rápido como los saltamontes y a su vez derribar a un contrario en un forcejeo cuerpo a cuerpo. Él hacía parte del deshonroso grupo de las vaquitas, denominados así por ser un jugador de la media hacia abajo. A Luis ésto no le importaba, ni las burlas de sus compañeros, ni siquiera no estar en los planes del entrenador. Él siempre llegaba temprano, hacia los mandados, repartía el agua y recogía los balones hasta después de los entrenamientos. Paciente y con esperanzas, se quedaba hasta tarde después de los entrenamientos, pateando un balón, practicando las tácticas aprendidas y soñando el anhelado momento de poder jugar.

Su hermano Ricardo era el talentoso de la familia, un defensa central de gran tamaño y fuerza, muy difícil que un jugador contrario le pasara para hacer un gol. Él, al contrario de Luis, era flojo y menos dedicado. Por su talento natural, no debía hacer esfuerzo alguno para ganar un puesto en el primer equipo. Cuando no iba  a los entrenamientos, lo mandaban a buscar. Se podía dar el lujo de no ir a practicar y  siempre aparecer en la lista titular del equipo.

Durante sus años de infancia todos los partidos del torneo intermunicipal empezaban en el mes de diciembre, el equipo del pueblo siempre empezaba ganando y Luis acompañando desde las sillas de recambio, guardando la esperanza de participar.

La sonrisa en su cara era permanente, el día de jugar debía llegar y eso él lo sabía. El siguiente partido se inició de local, el equipo del pueblo recibía a los Distraídos, la escuadra del municipio vecino. Era un sábado soleado, con ganas de llover, pero el sol le ganaba la batalla al agua. Este era el primer partido de la jornada, a las 2:30 p.m. se debía dar el pitazo inicial. 

El entrenador como de costumbre reunió a todo el grupo en la mitad de la cancha para anunciar a los jugadores que empezarían de titulares. Uno a uno iba llamando a los que enfrentarían el partido, se escuchaban los nombres de los grandes jugadores del fútbol mundial, seudónimos que usaban los niños soñando con ser estrellas. Los apodos eran una similitud al poderío del equipo, el arquero decía que era Oliver Kahn, por su tamaño y talla, pero muy poco el parecido físico con el arquero alemán. La defensa estaba liderada por su hermano Ricardo quien se hacía llamar Iván Ramiro Córdoba. Aparecían también nombres como Mario Alberto Yepes, el brasilero Cafú y el argentino Sorin; en adelante todos se creían Hernández, Candelo, Pitufo de Avila, Ronaldinho, Batistuta, Roberto Carlos, Romario, Rivaldo, Juan Pablo Ángel, Iván René Valenciano, el Pibe Valderrama, en fin, una la constelación de niños soñadores que el entrenador llamó.

Luis sentado en la banca vio como el árbitro daba el silbatazo inicial. El equipo empezó ganando, al minuto 10 del primer tiempo llegó el primer gol, una recuperación en la mitad de la cancha de Iván Ramiro, quien puso el balón en el centro de área rival para qué valenciano sin dejar caer el esférico soltara un zapatazo que quemó las manos del arquero rival. Al minuto 15 después de un saque de esquina, Ricardo corría desde fuera de área y saltó con tanta potencia para colocar el marcador 2 - 0, parecía una victoria cantada.

Al final del primer tiempo, uno de los volantes de recuperación se acercó al entrenador a indicarle que no podía jugar más, pedía cambio, piso mal en la cancha y se dobló el pie izquierdo. Todos los niños de la banca se pusieron en pie gritando –¡profe deme la oportunidad!- todos menos Luis, él seguía sentado. Aunque sabía que era su posición, decidió esperar la decisión. El entrenador prefirió que se acabara el primer tiempo para pensar con calma el cambio.

Durante el entre tiempo, todos los niños empezaron a entrenar esperando el llamado del técnico. Luis hizo lo propio pero con un balón en el pie, lo patea de un lado de la cancha hasta el otro y se iba a buscarlo corriendo a toda velocidad. Así pasaron los 15 minutos de descanso.

Estando en el extremo norte de la cancha, a través de eco de la brisa escuchó -ey Calidad- como me decían al número 5 -oye Calidad- miraba para todos los lados a ver quién lo gritaba, cuando con los ojos entre cerrados y abiertos, vio que el entrenador le hacía señales con las dos manos. Llegó donde instructor como cometa que levanta el viento y escuchó las palabras por las que tanto había trabajado -vas a entrar a jugar- dijo el entrenador -no hay nadie más que tú en esa posición-. La sonrisa en su rostro se pintó de oreja a oreja, en menos de un minuto ya estaba listo, entregándole la identificación al cuarto árbitro.

Estando listos los dos equipos para iniciar el encuentro, se escuchó nuevamente un silbato fuerte en el centro de la cancha, el árbitro levantó las manos haciendo una figura de un círculo, indicando que era el momento de un cambio. Luis hizo tres saltos en la línea principal, entró al campo trotando y agachando el cuerpo recogió un poco de césped para hacerse la bendición al todopoderoso, dando gracias como lo hacían las grandes estrellas del deporte mundial.

Era el primer logro, entrar al partido ya era para él una victoria, ahora a alcanzar lo más difícil, tocar el balón. Ya habían pasado 5 minutos corría y corría de un lado al otro, nadie le soltaba un pase, el equipo parecía jugar con diez jugadores perfectamente, sabían que no era muy bueno tocando la pelota. Él tenía claro que lo que seguía era conseguir participar del juego por sus propios medios.

Gritaba a todo el mundo pidiendo el balón, aparecía como delantero, defensa central, inclusive en los saques de portería intentaba patear , pero ni eso lo dejaban hacer. En ultimas decidió gritarle a su hermano por un pase, pero ni él le permitía tocar el esférico.

Luis ya estaba acostumbrado a esto, utilizó la táctica que le había servido desde siempre: paciencia. Se detuvo un momento en la mitad de la cancha y decidió esperar que el juego siguiera su ritmo. Se paró en el lado de su equipo, solo delante de su hermano y el arquero, eran los tres últimos jugadores, todos los demás estaban volcados en la cancha contraría.

Un saque de esquina errado fue el inicio de un contragolpe de los Distraídos. A toda velocidad, pasando uno tras uno de los jugadores locales, los dos delanteros hábiles del equipo contrario hacían pases entre ellos. Ricardo fue el primero en salir a defender, pero por primera vez en el partido fue superado. Luis era el último hombre antes del arquero. -Es el momento para volverme una estrella- pensó. 

-¡Calidad con calma! ¡Calidad tranquilo!- gritaba el entrenador. Uno de los delanteros quiso mostrar su habilidad y hacer un enganche para pasar a la vaquita del equipo, empezó a hacer unas piruetas como las hacia Ronaldo Nazario, movió una pierna a la derecha, otra a la izquierda y se enredó con la pelota; en un intento por recuperar el control, pateó el balón hacia su compañero y apareció la pierna salvadora de Luis, tocó el balón por primera vez después de 30 minutos de juego, corrió con fuerza y alegría, fueron varios segundo donde era el centro de las miradas, todo el equipo lo gritaba con entusiasmo y el entrenador lo aplaudía. Todos clamaban y le pedían el balón, al primero que vio fue a su hermano, le tocó pelota y este la puso en el centro del área contraría, el mismo pase para que Valenciano volviera a anotar, pero esta vez el esférico terminó fuera del arco. Pudo haber sido el momento más glorioso de su infancia si el gol se hubiera marcado.

El equipo terminó ganando por goleada, 4-0 fue el marcador. Llegaron a la final del campeonato, pero perdieron con el equipo de los Sanjuaneros, en su mayoría eran jugadores pasados de edad y de tamaño. Para Luis lo importante no fue clasificar a la final sino que no hicieran el gol que él pudo defender. Para él fue el momento que solamente quien lo vive es quien lo puede contar, y sonreír de alegría al recordar.

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