jueves, 1 de noviembre de 2018

LA MAGIA DEL HALLOWEEN



 “Si ven mis príncipes, la humildad, el respeto y la creatividad, son los tres valores necesarios para vivir”

“Triki Triki Halloween, quiero dulces para mí, si no hay dulces para mí, se te crece la nariz (bis); quiero paz quiero amor, quiero dulces por favor (bis)”. Cantaban Juliana, Camila y Pedrito, eran los únicos niños de ese barrio que salieron a pedir dulces, todos los demás estaban en sus casas disfrazados viendo televisión o encerrados en sus modernas vidas, contando los likes y los comentarios de sus fotos. Pedrito era quien más duro gritaba y quién mas feliz saltaba en su caballo de palo. - ¡Hi-yo Silver- gritaba a todo pulmón, corriendo por el medio de la calle, esperando que su madre y sus hermanas lo alcanzarán. 

- Mamá, vamos corre, no te dé pena, tú también hacías esto de niña - le decían las dos infantes a la cincuentona señora. Sus edades eran 8 y 7 años, Juliana la mayor, hacia piruetas en su caminar, tenía una falda vieja y descolorida, con unas lentejuelas que estaban quedado sin brillo. Una chaquetica gris y un vestido que se le ceñía a su infantil cuerpo.

Camila la gemela de Pedrito, era quien tomaba a su mamá de la mano, en la otra tenía una bolsa negra de plástico, a la que con colbon y papeles de colores le adecuaron unos ojos y un remiendo que parecía una  boca. Ellos mismos las hicieron, cada uno tenía una en las manos y se movían al mismo ritmo del movimiento de sus cuerpos. 

Ellos, era los hijos de Lucia, la ama de llaves del centro comercial, madre soltera, pero que con esfuerzo los tenía a todos en la escuela. Esa era la enseñanza que ella le dejaron sus padres, y se la quería dejar a sus hijos: la educación es lo único que nos hace iguale a todos los seres humanos. Todos los días antes de salir de la casa les repetía estas palabras: "humildad, respeto y creatividad, son los tres valores necesarios para vivir".

Todos los propietarios de almacén estaban contentos con los niños, ellos bailaban, tiraban besos e  interpretaban poesías y versos. Ya cada uno tenía en sus bolsas la suficiente cantidad de dulces como para dejar de pedir. Solo habían pasado por 6 locales y ya había recogido los bombones, confites, galletas y demás golosinas, de todos los tamaños, sabores y colores que un niño recogería en un día completo. Además de dulces, ya tenían incluso, dinero. Pedrito el más intrépido, tenía 5 mil pesos en la mano y 10 mil pesos en los bolsillos.

¿Pedrito a dónde vas con ese caballo? Estas haciendo mucho ruido - le gritaban al inocente niño - él ni muy corto ni perezoso tenía una ingeniosa respuesta armada: “Ando en búsqueda de una doncella que acompañe mis noches solitaria, ella no es fácil de conquistar, si la quieres conocer pon tus dulces en mi calabaza, ella me aceptará cuando vea todo la riqueza que le llevo hasta su casa”. Todos soltaban una carcajada y por supuesto dulces de todos los aromas y tonos. 

Un taller de carros era la novena parada, todos los mecánicos los estaban esperando. En ese taller solo se reparaban carros nuevos y de marcas reconocidas, Mereces Benz, Toyota, Rolls-Royce y demás. De una Prado blanca modelo 2018, se veían por las ventanas dos niños, aparentaban no más de 8 años cada uno. Desde lo lejos se veían sus grandes y caros celulares. Estaban disfrazados como la famosa serie, La Casa de Papel. Tenían puestos sus trajes rojos, pero la máscara no cubría sus caras sino su pelo, su mirada estaba concentrada en las redes sociales y los juegos de moda. Tenían sus grandes y finas carabelas sin un solo dulce, ya su mamá les habían dejado 50 mil pesos a cada uno dentro de ellas para que los compraran. 

Uno de ellos en medio del cansancio del cuello, levantó la mirada y vio a Pedrito. Le pegó un codazo a su hermano para que le prestara atención, le gritó: Mira a ese tonto niño, tómale una foto para subirla a Instagram – vamos a hacerle un vídeo respondió el otro – todos los del cole se van a enterar, vamos a hacerlo viral, ¡seremos los youtubers que soñamos! En menos de tres minutos Pedrito estaba en todas las redes, él y su caballo estaban siendo compartidos en todos los grupos de WhatsApp de los niños del norte de la ciudad. Ya estaba en YouTube con 1000 reproducciones y 80 comentarios, todo hechos por niños que se burlaban del infante.  

El dueño de la camioneta, quien era el padrastro de los niños vio a Pedrito, y se le vio una sonrisa tan grande que cubrió las arrugadas de su cara. Lo abrazó, lo levantó y lo besó en la frente. Fue tan fuerte el abrazo que terminó sacándole una sincera sonrisa, hacía tiempo no sonreía con amor. Al ver sus ojos, le dijo: - así era yo cuándo niño, mi mamá nunca tuvo para comprarme un disfraz, pero yo tenía mi caballo de palo y corría por las calles empedradas de mi pueblo con un antifaz y una cinta roja en la cabeza, yo fui también un Llanero Solitario- su alegría se vio reflejada en un billete de 50 mil pesos a cada uno de los niños.

Desde el carro estaban haciendo unos Live Stories en Facebook e Instagram, sus hijastros quedaron impactados con ese acto, y a un sonoro grito de ambos se escuchó: Manuel Guillermo (no le decían papá) ¿what up Fack? ¿Cómo se te ocurre cargar a ese niño? ¡Nos dañaste los vídeos! ¿Por qué lo besas? ¿Cómo se te ocurre darle un billete? ¿Debes estar infectado? ¡Mamá, hoy él no entra a la casa! Ese niño no tiene siquiera un buen disfraz, es un niño pobre. 

Lucia al ver semejante escena quiso llorar, pero volvió hacia dentro sus lágrimas, tomo más fuerte a su hija, camino más rápido para evitar esos comentarios.

Quien no se aguantó fue Pedrito, en medio de su inocencia respondió con tal naturalidad: mi mamá dice que soy el niño más lindo de barrio, el más lindo del colegio y que tengo el mejor disfraz del mundo. Yo ando en mi caballo, ella me dijo que se lo regaló un policía que pasó por el centro comercial. Además, tiene un diente de oro que lo hace mucho más valioso. Hoy este animalito me ha llevado a muchos lugares del mundo, creo que ustedes en su carro no pueden volar como lo he hecho yo”.

Juliana que ya conocía un poco más del mundo, no paraba de dar vueltas empinadas en un solo pie como una bailarina. Su falda de lentejuelas le hacía luces en su cara, que eran el reflejo del fuerte sol que hacía este día. Ella escuchó lo que los niños gritaban desde el carro y dijo: "ustedes en sus celulares nunca tendrán una aplicación que los haga tan felices, como a mí me hace feliz bailar y a mi hermano lo hace feliz su caballo".

Hubo un silencio en ese pedazo del centro comercial, que causo en todos una reflexión inmediata. Los mecánicos que iban a atender la camioneta, quienes ya tenían el trabajo negociado por $1.800.000 pesos prefirieron no hacer nada,  dejaron ir al  cliente – hoy no vamos a trabajar – la excusa fue - vamos a pedir dulces con nuestros hijos -.  

Camila quien fue la que más sufrió los tirones y apretones del brazo de su mamá. Se acercó al carro y le ofreció a los niños unos de sus dulces preferidos – para que endulcen sus vidas – les dijo – ellos la ignoraron y subieron los vidrio para que nadie los mirara y no recibir nada. Fue tanta la insistencia, astucia e inocencia de la niña en ese momento que, vio  el sunroof del carro abierto y los lanzó con tanta puntería que cayeron los tres dulces justo en el puesto del conductor, ellos dentro del carro ni lo notaron, sus audífonos en los odios y la concentración en sus celulares no les permita ver más nada.

La vida en ese pueblo siguió igual, otros mecánicos cercanos  se ganaron el dinero por la reparación del carro, pero las personas que vivieron esto no volvieron a ser las mismas. Al final de todo, Lucia en medio de lágrimas les dijo a sus hijos: “si ven mis príncipes, la humildad, el respeto y la creatividad, son los tres valores necesarios para vivir”.



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